Las Medallas de la AEPE: Antonio Casero Sanz

Por Mª Dolores Barreda Pérez

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Después de ver cómo y cuándo nació la Medalla de la Asociación de Pintores y Escultores, vamos a seguir conociendo más acerca de los galardones en los que se otorga actualmente, con sus correspondientes denominaciones.

ANTONIO CASERO SANZ

Medalla de Pintura del Certamen de San Isidro de Tema Madrileño

 

El Certamen de Artes Plásticas “San Isidro” de tema madrileño es una convocatoria tradicional en la Asociación, ya que cuenta con 56 ediciones realizadas, y coincide con las fiestas patronales de la ciudad de Madrid.

Nació en el año 1963, cuando la Asociación Nacional de Pintores y Escultores organizó en la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor, una exposición sobre temas madrileños, con el patrocinio del Ayuntamiento de Madrid y cuya muestra quedó entre las fijas de la Asociación casi siempre en locales municipales aunque no en la misma ubicación.

Ha venido siendo denominada indistintamente como exposición de temas madrileños o de San Isidro, que es su nombre oficial, puesto que las fechas han sido siempre más o menos coincidentes con las populares fiestas de Madrid y el tema casi siempre obligatorio “Madrid en su sentido más amplio”, aunque en alguna ocasión solamente recomendado.

Habitualmente ha figurado en los programas de festejos de la ciudad, pero en varias convocatorias las fechas de exposición fueron posteriores e incluso en una ocasión anteriores a las fiestas.

En 1964 se celebró la exposición-concurso de temas madrileños, instalándose en el hermoso Patio de Cristales de la Casa de la Villa, donde se mostraron 31 obras, aunque el catálogo decía que era en los salones de la Casa de la Panadería, añadiendo: “Ningún lugar más apropiado para que los artistas de nuestra Asociación rindan culto a Madrid, la noble Ciudad de todos, donde se forjaron sus prestigios y donde se realizaron todos sus sueños”.

En 1965 se inauguró el día 3 de junio a las doce de la mañana, y contó con asistencia de Sus Altezas Reales los Príncipes Don Juan Carlos y Doña Sofía, permaneciendo abierta al público hasta el día 18, y exhibiendo un total de 39 obras.

En 1966 se inauguró la exposición en el Salón Real de la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor de Madrid, presidiendo el acto de inauguración, el día 17 de junio a las cinco de la tarde, Sus Altezas Reales los Príncipes Don Juan Carlos y Doña Sofía, quien era Presidenta de Honor, acompañados de Manuel del Moral en representación del Alcalde, y los Delegados Municipales Antonio Aparisi, Ángel Novillo y Alfonso Maza, además de Ramón Falcón, por el Ministerio de Educación Nacional.

La exposición recogió 35 pinturas y 3 esculturas, naturalmente de temas madrileños, que era obligado en éste certamen aunque no tenía nombre propio todavía y se le llamaba simplemente Exposición de Pintura y Escultura.

Desde entonces, los temas exigidos son todos “del espíritu de Madrid, en su tipismo, en sus costumbres, en su alegría y en esa cordialidad proverbial de la capital de España… Con la gratitud que merece la gentileza de nuestro municipio, destacando en sus fiestas grandes, la otra fiesta grande del Arte, la Asociación entera aplaude está feliz ocasión de salir al público con los gratos temas de su perfil ciudadano”…

En 1974 se concedió por primera vez la Medalla Antonio Casero, en memoria de ese gran artista de temas madrileños fallecido por esas fechas, que recayó en Manuel López Herrera, y que permanece hasta nuestros días, en que además de ésta, se concede la Medalla de Escultura Luis Benedito Vives, el que fuera socio fundador, directivo de la AEPE y uno de los mejores escultores animalistas, cuyas obras pueden contemplarse en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, así como en los mejores museos del mundo como el de Londres, Lisboa, Estocolmo…

En 2017 y gracias a la propuesta que realizara el Presidente de la AEPE, José Gabriel Astudillo, bajo el título de “La plenitud de los nombres”, se acordaba la reorganización de los premios y galardones que otorgaba la institución en los distintos certámenes y concursos habituales. En el caso del Certamen de San Isidro de Tema Madrileño, y como en el resto de las ocasiones con el ánimo de honrar la memoria de los fundadores de la AEPE, se mantuvo el premio: Medalla de Pintura Antonio Casero Sanz y se instituyó como nueva la Medalla de Escultura Luis Benedito Vives.

 

ANTONIO CASERO SANZ

 

CASERO SANZ, Antonio     P    1925    19.nov.1897    MADRID    MADRID    30.may.1973

 

Antonio Casero Sanz nació en Madrid el 19 de noviembre de 1897.

Hijo del ilustre poeta y dramaturgo Antonio Casero Barranco, escritor costumbrista que logró la fama a través de los sainetes, la mayoría de los cuales ilustró su hijo pintor.

Estudió bachillerato en San Antón, en la calle de la Farmacia.

Si bien comenzó su carrera de Derecho en la Universidad de la calle Ancha de San Bernardo, a los tres cursos la abandonó con el consiguiente disgusto de sus padres, porque según confesaba, “me di cuenta de que aquello no me entusiasmaba”.

Se dedicó entonces de lleno a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde maduró su arte en los talleres de grabado.

Antonio heredó de su padre el gusto por el teatro y los toros, afición que desde muy pequeño cultivó con asiduas visitas a las corridas y las plazas, lo que influiría en su especial afición a realizar bocetos y pinturas de temas taurinos.

En Madrid acudía a la plaza vieja, donde su padre estaba abonado a la delantera del tendido 2, números 36 y 37, teniendo como vecinos de localidad a Benlliure, Luis de Tapia y Ricardo Marín… que recuerda que siempre acudía a la plaza provisto de un cuaderno de dibujo y lápices y a quien veía hacer sus apuntes taurinos con una maestría singular que quiso imitar. También acompañaba a su padre en sus paseos por Madrid,  llevando siempre su cuaderno de dibujo para captar los rincones y tipos castizos que veía en sus recorridos.

Con tan sólo 18 años, aprobó la oposición e ingresó en el Ayuntamiento de Madrid, siendo destinado en el Museo Municipal, donde pronto destacaron sus dibujos.

Autógrafos de Antonio Casero

 

Casado con Concepción Martínez Peláez, conocida por todos como Concha, que sería su musa, mujer y compañera, que no le abandonó nunca hasta su muerte, unos años antes de la del maestro, y cuya pérdida sólo supo cubrir gracias a la gran religiosidad de Antonio, pero con una tristeza infinitas que dieron a sus pinceles un matiz distinto y diferente.

Asiduo al palco de la corporación en la Plaza de Toros de las Ventas, cada corrida constituyó para él una oportunidad de dibujar y retratar el mundo taurino. Por ello, su obra está firmemente unida a la tauromaquia, llegando así a ser considerado como uno de sus más importantes referentes gráficos.

 

Realizaba sus obras con muy diversas técnicas, abarcando desde el óleo a la plumilla, acuarela, litografía, grabado…

Colaborador de distintas revistas, su actividad ilustradora creció y se asentó después de la guerra, realizando multitud de carteles para distintas ferias taurinas, sobre todo de Madrid, y para campañas publicitarias de compañías e institucionales, en los que el elemento visual principal lo constituía el mundo del toro.

Las crónicas visuales que hacía con sus dibujos de las corridas de toros, a lo largo de 42 años, las entregó puntualmente al diario ABC, pero también trabajó para el Blanco y Negro y otras publicaciones como el periódico El Heraldo de Madrid, en el que se inició.

Realizó distintas exposiciones de sus obras en salas y galerías de Madrid, sobre todo óleos de temática taurina marcados por el dinamismo de la escena y reflejando todo el colorido de las corridas. Además expuso en solitario en Caracas, Buenos aires, Barcelona… y en multitud de colectivas (anualmente con la agrupación Amigos de Velázquez).

Eran muy solicitados sus trabajos de grabados, aguafuertes, acuarelas, dibujos y lienzos, además de ilustraciones de libros, barajas, carteles de toros y abanicos, y para los años 60 ya había pintado miles de carteles taurinos.

Pero casi más que sus obras de toros, Antonio Casero dibujó los tipos populares del Madrid más castizo, que poco a poco desaparecía ante sus ojos: mocitas y galanes de bailes arnichescos y galdosianos, que bailaban chotis en merenderos y fondas con marco de cadenetas y farolillos. Mujeres con mantones y hombres con gorrillas, capa y pañuelo al cuello y noches de verbenas y romerías, cafés de piano y violín, procesiones, cafés cantantes, cupletistas, vendedores del Rastro, tipos pintorescos con toreros, picadores y manolas de mantilla y majos… y todo lo que, con su muerte, se llevó a la tumba de ese pedacito de Madrid perdido ya para siempre entre las brumas de la ilusión y la añoranza.

En 1957 el Ayuntamiento de Madrid concedió la Medalla de Plata de la Muy Noble, Leal y Heróica Villa del Dos de Mayo a Antonio Casero, como premio a su destacada y brillante labor de pintor y dibujante costumbrista de la capital de España.

En la crónica del ABC del 12 de marzo de 1957, José Baro Quesada aplaudía la distinción y dedicaba estas palabras: …”Casero era un hombre que ha tenido la valentía y buen gusto de ser un “tradicionalista” del arte… obra de sol, de toros y de mantillas, la suya. Obra de corazón, de nervio y de pasiones… Casero refleja una parte de la esencia de España”…

Autorretrato

 

Antonio Casero era un hombre jovial, sencillo, juvenil y en una expresión machadiana, un “hombre bueno” que solía pasear incansablemente. Madrugador, le gustaba coger los pinceles y pintar frenética pero inexorablemente.

En los últimos años de su vida visitaba diariamente la tumba de su esposa, a la que dedicó el libro de poemas “De Madrid al cielo”.

Sus dibujos taurinos tenían la belleza de la improvisación, el destello del arte recogido por la cámara impresionista de sus manos, de grafía agilísima, expresiva y sumamente eficaz.

Antonio Casero falleció en su domicilio de Madrid, de un infarto el 30 de mayo de 1973, a los 76 años.

Fue miembro de la Asociación Española de Pintores y Escultores y a lo largo de su trayectoria recibió diversas menciones honoríficas, como la del Salón de Otoño de Madrid.

El Ayuntamiento de Madrid colocó una placa en la calle San Bernardo, 95, en memoria del pintor costumbrista que vivió y murió en ese inmueble.

Antonio Casero y la AEPE

* En el V Salón de Otoño de 1924 se inscribió como natural de Madrid, donde reside, en la calle Carranza, 5, y presentó dos obras:

  1. “La bailaora”, 0,37 x 0,33
  2. “La capea de Becerril”, 0,33 x 0,43

* Al VI Salón de Otoño de 1925 presentó tres dibujos y dos apuntes:

  1. “Carnavalada”
  2. “El cafetín”
  3. “Rameras”
  4. “La castañera”, apunte
  5. “Golfemia”, apunte

*Al XI Salón de Otoño de 1931 presentó las siguientes obras que se exhibieron en la sala de la Unión de Dibujantes Españoles:

  1. “El quite”
  2. “Tres momentos de la fiesta”
  3. “La juerga”
  4. “La capea”

* Al XXVI Salón de Otoño de 1954 presentó una única obra,

  1. “La trilla” (óleo).

 

 

Bibliografía y webgrafía:

ABC

Blanco y Negro

CHAVARRI, R. The current Spanish painting. (Madrid, ediciones, S.A., European Ibero 1973).

https://ilustradoresehistorietistasespaol.blogspot.com/2012/08/antonio-casero.html

gustavosanmiguel.blogspot.com 30 de diciembre de 2012, 19:01

Archivo Histórico “Bernardino de Pantorba” de la Asociación Española de Pintores y Escultores

www.gacetadebellasartes.es

www.salondeotoño.es

Joaquina Zamora Sarrate

Por Mª Dolores Barreda Pérez

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LAS PRIMERAS ARTISTAS DE LA

ASOCIACION ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES

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Desde su fundación en 1910, y después de haber tratado en anteriores números a las Socias Fundadoras de la entidad, y las participantes en el primer Salón de Otoño, vamos a ir recuperando de la memoria colectiva, el nombre de las primeras socias que vinieron a formar parte de la Asociación de Pintores y Escultores.

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JOAQUINA ZAMORA SARRATE

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ZAMORA SERRATE, Joaquina Pintora. 1922 26.may.1898 Zaragoza / Madrid.2. agosto.1999

Joaquina Zamora Serrate, veterana asociada, primera mujer licenciada en Bellas Artes por la Academia de San Fernando en 1931, falleció a los 101 años, fue una pintora y profesora de dibujo española.

Inició sus estudios de dibujo y pintura con Enrique Gregorio Rocasolano, profesor de Dibujo y de los talleres de pintura del Hospicio Provincial. En 1924 la Diputación Provincial de Zaragoza le concedió una beca que le permitió matricularse en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de San Fernando en Madrid, en donde estudió tres años, y uno más prorrogado.

Tuvo el honor de ser la primera mujer que accedía a este centro. Fueron sus maestros, entre otros, Julio Romero de Torres, Cecilio Pla, José Moreno Carbonero o Rafael Doménech.

Allí se especializó en bodegones, retratos y temas paisajísticos.

En 1919 participó por primera vez en una exposición colectiva en Zaragoza, en una muestra de pintores nóveles e independientes. En 1933 realizó su primera individual junto a las obras del escultor Ángel Bayod. Ambas tuvieron lugar en el Casino Mercantil de Zaragoza.

Durante la Guerra Civil destacó como enfermera recibiendo la Medalla de Campaña por los servicios prestados. Marchó después a Francia con la Cruz Roja y a su regreso participó activamente en la vida artística de Zaragoza.

Joaquina Zamora se presentó ante la Junta de Burgos para pedir el reingreso en la capital navarra; sin embargo, fue destinada a Calatayud, donde permaneció unos años y a cuya biblioteca «Gracián» hizo donación de dos obras suyas muy interesantes, a través de la Diputación de Zaragoza. Se trataba de «El Viejo» y «Plazoleta de Ansó», que el entonces Presidente de la Corporación provincial, agradeció mucho por tratarse de obra de una «distinguida señorita pensionada que fue por la Diputación».

En el año 1939 ingresa en el Estudio Goya de Zaragoza, porque, por una parte, podía seguir practicando con modelos del natural e involucrarse en el ambiente de los artistas, participando de las mismas inquietudes y exposiciones que avalaba el Estudio, y, por otra parte, porque con esta actividad de mayor cultivo espiritual, podía evadirse de la asfixiante presión que sobre una laboriosa y competente jovencita ejercía el sobrevivir de una pequeña población de provincias de la posguerra rural. Y porque, además, vocación obligaba.

El 12 de abril de 1940 participa en el Salón de Artistas Aragoneses, en su V Edición de Pintura y Escultura, con un retrato femenino y dos paisajes, posiblemente pintados años antes.

Participa también en la gran Exposición Regional de Bellas Artes del XIX Centenario de la Virgen del Pilar, en la que destacaban sus notables paisajes titulados «Calle de Ansó» y «Plaza de Albarracín». Este último comprado por el Ayuntamiento de Zaragoza, a propuesta de la Comisión de Gobernación.

Lo curioso de las obras presentadas por Joaquina, fue que una de ellas, la de Ansó, era un lienzo reutilizado, pintado en su dorso, en el que aparece esbozado el torso de una bella modelo femenina desnuda y llena de una muy aparente sensualidad, correctísimo de dibujo, muy propio de la moda estética de mediados de los años veinte y que, por lo demás, coincide con el apunte académico que realizara durante su primer año de estancia en la Escuela Superior de San Fernando. El de la plaza de Albarracín, por su parte, era un óleo que había expuesto en su individual de Pamplona, en febrero de 1936.

La adquisición de su obra por parte del Ayuntamiento de Zaragoza, animó sobremanera a Joaquina Zamora para, no solo seguir intentándolo en el terreno de la pintura, sino para estar resuelta, además, a dedicarse exclusivamente a ello, incluso abandonando las clases de Calatayud donde, por cierto, apenas le quedaban ánimos para pintar, ya que no se prodigó en obras realizadas durante su estancia en la ciudad bilbilitana, pues no hay constancia de que sus rincones urbanos o paisajes fueran reflejados en sus lienzos y, por contra, a las exposiciones en las que participa durante aquellos años manda obras referidas a localidades como Ansó, Albarracín o a la propia ciudad de Zaragoza.

Sea como fuere, Joaquina Zamora dejó Calatayud a finales de 1941, para pasar a dar clases en el Instituto «Miguel Servet» de Zaragoza, durante el siguiente año; no obstante, y como ella afirmaba: «pronto me cansé de la pobreza de sueldos del Estado, dejando la enseñanza oficial». En consecuencia, decidió abrir una academia de dibujo y pintura en su propio domicilio de la calle Pignatelli, 88, al que acudieron jóvenes decididos a ser pintores como Juanito Borobia, Martínez Lafuente, Pilar Burges, Pilar Aranda,…

El año 1942 para Joaquina Zamora supondría un espaldarazo definitivo en su consideración como artista, entre otras cosas porque la Comisión Gestora de la Diputación Provincial la designa para formar parte del Tribunal de Oposición que ha de juzgar a los aspirantes presentados a la rebautizada edición de la Pensión de Pintura como «Beca Francisco Pradilla», dotada con 5.000 pesetas anuales por dos años improrrogables.

Los buenos comentarios sobre su arte debieron llegar a los oídos de los responsables de la barcelonesa Sala Gaspar, por parte de críticos y coleccionistas, para que en ese mismo año de su apertura como galería de arte en Zaragoza, decidiesen organizar una muestra individual a nuestra pintora, entre el 7 y el 14 de noviembre. Sin ninguna duda era una pintura interesante, tenía la factura de quien se había disciplinado en la Escuela Superior de San Fernando, respondía a las exigencias de una obra admitida en una Nacional y, por si fuera poco, era la creación de una mujer culta, comedida y muy inteligente, valores, sin duda, muy apreciados por los aviesos y emprendedores comerciantes artísticos catalanes.

Joaquina Zamora por su condición de mujer se enfrentó al impedimento para manifestarse con plenitud artística pero, también, dada su académica formación consigue atemperar prejuicios pictóricos, aunque su caso de «rara avis» entre la profesión, cuando menos hacía proferir expresiones tan cumplidas entre los críticos como «decoro artístico», «fina sensibilidad», «personalidad poco común», o «airoso encomio».

No obstante, su riesgo, su gran fe y su entusiasmo fueron «dignos del triunfo y su exposición individual en la «Sala Gaspar» prestigió definitivamente su labor para toda la posguerra, e incluso le sirvió para dar el paso definitivo al abrir su propio Estudio Zamora de dibujo y pintura, con el que pretendía independizarse económicamente para poder seguir pintando con cierta libertad.

Pero acudió a la cita con toda una serie de obras realizadas con mucha anterioridad y otras pintadas, como pudo, sobre tela reutilizada de sacas de harina o talegas, tal era la escasez y penuria general de aquellos difíciles años, para presentar con dignidad lo más florido de su arte que, en realidad, iniciaba una nueva carrera hacia la introspección e intelectualización de los temas y asuntos, como ya se manifestaba en su cuadro «Galas y juegos», cuya aparente y cándida inocencia temática a primera vista, un bodegón, sin más, muy académicamente resuelto, encerraba unas sutiles dosis de «surrealismo», bajo el siempre irónico trasunto de una «vanitas», que representaba con diversos objetos femeninos de aquella actualidad. Como ya sabemos, con este cuadro había participado en la Nacional de Barcelona recientemente.

Joaquina Zamora gozaba de muy buena estima profesional. Su consideración también llegaba a su Academia o Estudio de dibujo y pintura, a la que se dedicaba en cuerpo y alma, pues no en vano su sólida formación académica le hacía ser muy exigente con sus discípulos, en su mayor parte alumnas. Así que, entre la enseñanza y la práctica de la pintura en su propio estudio, fue pasando por los oscuros años de la década.

Su pintura siempre ha destacado por la corrección del dibujo; la organización de las masas de color, dependiendo de la iluminación, y por la sequedad y severidad de su pincelada, quizá como herencia inevitable de los que fueron sus maestros y sus más admirados artistas. Su estudio lo tuvo abierto y mantenido con encomiable ilusión hasta que marchó a Tarazona, en 1950, para dedicarse de nuevo a la enseñanza del dibujo en el Instituto Laboral turiasonense, coincidiendo con la reciente creación de quince de ellos en toda España.

Obtuvo plaza de Catedrática Numeraria de Institutos Técnicos de Enseñanza Media en 1960, siendo la primera mujer en lograrlo.

Tres años después es nombrada Consejera nata del Centro de Estudios Turiasonenses de la Institución «Fernando el Católico».

Primer Premio del Ayuntamiento de Zaragoza en la Exposición-Concurso Rincones y Jardines, en 1943.

Primer Premio del Concurso de copias de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza, en 1944, al ejecutar una copia de la «Virgen con Niño» de ISEMBRANDT La espectacular copia de esa tabla flamenca del siglo XVI que efectuó Joaquina Zamora la llevó, casi involuntariamente, a revivir sus antiguas ejercitaciones como copista en el Museo del Prado durante su estancia madrileña, ya que, a partir de entonces, puede decirse que le Ilovieron los encargos de este tipo.

Treinta exposiciones, varios premios de su ciudad, pero fue la enseñanza la que ocupó gran parte de su vida. De hecho, abrió su propia academia, además de impartir clases en Pamplona, Calatayud, Tarazona o Zaragoza.

Su obra cercana al impresionismo es, en gran parte, propiedad de la Diputación Provincial de Zaragoza. La pintora legó la mayor parte de ella a la institución antes de fallecer, cuando también recibió la Medalla de Oro de Santa Isabel, que concede la Diputación de Zaragoza.

Dentro de la época destaca por su espíritu independiente y por su aportación en tareas docentes.

La pintora Joaquina Zamora falleció cuando le quedaban tres meses para cumplir los 101 años. La decana de los artistas plásticos de Aragón fue enterrada en su ciudad natal, la misma en la que vivió los últimos años de su vida.