Balthus, pintor del Misterio

Por Constanza L. Schlichting

Hasta el 6 de mayo hemos tenido la oportunidad de ver en la Fundación Mapfre de Madrid la exposición “Derain, Balthus, Giacometti”. El hilo de la exposición es la amistad entre estos tres artistas y su visión común sobre el arte.

Frente a los movimientos abstractos y al surrealismo vigentes en la época, entre los años 20 y 60  los tres artistas vuelven a la figuración,  y ésta con una clara mirada al pasado y más concretamente al clasicismo. Composiciones, temas y estudios de modelos clásicos pueden verse en esta exposición.

Pero voy a hablar sólo de la obra de uno de ellos, Balthasar Klossowski , pues sus obras tienen una atracción misteriosa. Su pintura cautiva.

El pintor franco-polaco (1908-2001) indiferente a las críticas sobre sus “niñas eróticas” , dice tan sólo que él siempre ha querido permanecer siendo niño. En efecto sus niñas tienen esas posturas descuidadas de la infancia unas veces y otras son expresión de nuestra naturaleza tantas veces atribulada, de la vida de los sentidos y las pasiones.

Durante un tiempo trabajó como escenógrafo y siempre estuvo rodeado de literatos.  Algunos de sus cuadros son como escenarios, pero no cuentan historias, son momentos detenidos, tardes de juego y lectura, momentos de ensoñación y siestas.

En la perfecta unión de forma y significado, Balthus descubre la unidad entre Piero della Francesca , a quien copia y admira, y de quien proceden sus formas escultóricas y las estructuras de sus cuadros, y el arte oriental, querido por él desde pequeño. Una similitud que se da entre el arte de Oriente y Occidente y que es mayor cuanto más nos adentramos en la Edad Media. Pero no quiero desviarme.

Lo apasionante de Balthus, y en esto se alza contra la pintura “moderna”, es que no se considera creador de nada. Con palabras suyas: sigue el misterio de los maestros, encuentra la gracia de los paisajes.

El misterio siempre está fuera,  y se coloca ante él con devoción. De igual modo, frente a la velocidad de la vida moderna, para él la pintura es el arte de la lentitud. Hay una humildad, una pobreza obligada para los que se dedican a ella.

Balthus, copió a los maestros antiguos del Louvre, no asistió a ninguna escuela, pero siempre estuvo rodeado de pintores de los que aprendió.

Él pretende “acariciar” una idea de la belleza. En ese intento, dijo una vez que todos sus cuadros eran un fracaso rotundo.

Pintor de la luz, su pintura suele ser empastada, sus figuras casi como esculpidas (herencia de la monumentalidad de Della Francesca). Paisajes que por su luz y color trascienden la mera apariencia.

En su pintura también han dejado huella Poussin, Courbet, Delacroix y otros  grandes maestros.

Estudiar a los pintores del renacimiento fue para él como trabajar con ellos y éstos fortalecieron su vocación, asegura el pintor..

«Acercarse pues al oscuro misterio de la pintura, cuya revelación es algo lento y aleatorio».  Esto, está muy lejos del movimiento febril de la modernidad y de las modas.  Y por eso sus cuadros son atemporales, llenos de misterio, pensados, rumiados, trabajosamente ejecutados.

Para Balthus, el pintor es mero transmisor, debe despojarse, dejar a un lado su pequeño yo. Hombre culto, conocedor de la tradición occidental y del arte cristiano, estas reminiscencias aparecen en sus obras. Figuras en interiores, personajes asomados a las ventanas, tensiones y miradas. Conectamos así con los grandes pintores del siglo XVII, que colocan a sus personajes en los interiores de las casa, redescubierta en lo que tiene de misterioso.

Balthus habla de “resonancias de un paraíso perdido”. Y es dentro de este paraíso cotidiano donde hay que situar a algunas de sus jóvenes adolescentes_a veces de carácter casi totémico_ aunque muchas otras captadas con evidente intención erótica. Algunos de los cuadros de Balthus que se pueden ver en la muestra son “Los días felices” “Retrato de Andre Derain “, “La merienda” o “La habitación”.

Elegimos uno “Joven chica con blusa blanca” en la planta superior, encontramos una figura femenina sentada, la luz sólo ilumina un tercio. Tan sólo tonos verdosos y ocres esculpen sus formas. El rostro apenas se adivina y una tela de un blanco luminoso es casi protagonista del cuadro.  En sus cuadros no hay algo ya sabido, cada uno es una aventura nueva. «El lenguaje ha de reinventarse en cada lienzo».